Espiritismo Venezolano y sus Cortes
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Desencarnación - La muerte

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Desencarnación - La muerte

Mensaje por iniciado_vidente el Lun Abr 13, 2015 8:13 pm

Bendiciones a todos. La Reina Amada queen nos de siempre de su amor y Respaldo en nuestro misionar terrenal.
Quiero compartir con Vosotros una reseña de la Federación Espírita Uruguaya, la cual siempre observo y medito en momentos de Estudio study y progreso espiritual.

...Todos temen a la muerte, por lo que nos conviene comenzar a conocerla. El momento de regresar al mundo espiritual se llama desencarnacion, nombre también dado al estado en que el Espíritu esta desligado del cuerpo físico y vive fuera de la materia densa.
Durante la vida, el espíritu está ligado al cuerpo por una envoltura semimaterial llamada periespíritu. La muerte es solamente la destrucción del cuerpo; el periespíritu no muere ni se destruye, se separa del cuerpo cuando cesa en éste la vida orgánica. El Espíritu se libera poco a poco de sus lazos con el cuerpo físico, que se desatan y no se rompen.

La muerte (dejando de lado el impacto emocional que genera en la mayoría), debe ser considerada racionalmente como un fenómeno natural de transición entre dos estados de nuestra vida. Si frecuentemente la vemos como algo complicado es porque creamos "factores adversos" con nuestros desvíos en el camino evolutivo. El momento de la muerte en sí no es doloroso; no hay de que temer: el cuerpo se tumba inerte y el espíritu se libera.

Sin embargo, el factor moral tiene una "influencia decisiva" en ese momento crucial: el miedo a la muerte, el pavor a la oscuridad, las sensaciones angustiantes, provienen del "estado íntimo" de la mente. Para unos desencarnar es una alegría: allá están parientes y amigos esperando para darle la bienvenida; para otros, es un triste penetrar en la oscuridad, en la soledad, en las manos de enemigos. etc. todo depende del estado de conciencia y el estilo de vida adoptado.
La observación prueba que en el instante de la muerte el desprendimiento del periespíritu no se completa súbitamente; sino que se opera gradualmente y con una lentitud que varía mucho según los individuos. Para algunos es muy rápido y puede decirse que el momento de la muerte es el del desprendimiento, algunas horas después de haberles declarado la muerte. Para otros, sobre todo aquellos, cuya vida ha sido completamente material y sensual, el desprendimiento es mucho menos rápido y dura a veces días, semanas y hasta meses, lo que no implica que exista en el cuerpo la menor vitalidad ni la posibilidad del regreso a la vida, sino una simple afinidad y apego entre el cuerpo y el espíritu, afinidad que está siempre en proporción de la preponderancia que durante la vida ha dado el espíritu a la materia.
En efecto, es racional concebir que cuanto más se identifica el espíritu con la materia, más sufre al separarse de ella. Mientras que la actividad intelectual y moral, y la elevación de pensamientos, opera un principio de liberación incluso durante la vida del cuerpo, y cuando llega la muerte, ésta es casi instantánea. Tal es el resultado de los estudios hechos sobre todos los individuos observados en el momento de la muerte. Estas observaciones prueban también que la afinidad, que en ciertos individuos persiste entre el alma y el cuerpo, es a veces muy penosa porque el espíritu puede experimentar el horror de la descomposición. Este caso es excepcional y peculiar de ciertas clases de vidas y de muertes y se observa en algunos suicidas.

Tres son los tipos de desencarnación reconocidos:

La desencarnación lenta: es la modalidad usual e ideal. El individuo enferma por un plazo más o menos largo, entra en agonía durante algún tiempo y, al final, parte. De esta forma tuvo un buen período para meditar sobre la vida y reformular sus puntos de vista, pudiendo hacer varios arreglos, inclinarse a la modificación interior y prepararse para la partida. De cualquier modo, la separación es gradual y sin choques intensos. Es una bendición. Es necesario que comprendamos que las “molestias crónicas” cumplen una función amortiguadora en la preparación del ser humano para la muerte. La enfermedad prolongada, no es una desgracia como comúnmente se dice, sino, que por el contrario, es un "factor de reequilibrio" para el desencarnante. Todo se encadena y tiene su razón de ser; nosotros somos los que malinterpretamos los procesos naturales. Recordemos que estremecimientos y gemidos en los últimos momentos, no significan que se esté sufriendo, sino que son simples espasmos y descontrol neuromuscular debidos a la falta de control cerebral, pues el espíritu esta perdiendo el control sobre el cuerpo.

La desencarnación súbita: merece comentarios opuestos. El espíritu es tomado por sorpresa, sin preparación, apegado a las cosas materiales y a las sensaciones físicas. El choque es violento, les cuesta entender y equilibrarse. El Espíritu está sorprendido, se asombra y no cree estar muerto y sostiene esa idea con obstinación. Aunque ve su cuerpo inanimado, sabe que es el suyo y no comprende por qué está separado de él; se acerca a las personas que estima, les habla y no comprende por qué no le oyen. Sorprendido de improviso por la muerte, el Espíritu queda aturdido con el cambio brusco que se operó en él. Para él la muerte continúa siendo sinónimo de destrucción y aniquilamiento; pero como él piensa, ve y escucha y se ve con un cuerpo (el periespíritu) no se considera muerto. Esta ilusión perdura hasta que se logra la completa liberación del periespíritu y, sólo entonces, el Espíritu se reconoce y comprende que no pertenece ya al número de los vivos. Con frecuencia, la expectativa de muerte o la ayuda espiritual de la que es merecedor, le hace perder la conciencia antes del instante del suplicio.

La desencarnación colectiva es igual al a súbita, con la peculiaridad de que se procesa en conjunto, por medio de variados desastres. Espíritus con débitos semejantes se reúnen para una expiación colectiva, aprovechando una oportunidad planeada para la desencarnación súbita de varios o muchos individuos. Se ha observado que todos los que mueren al mismo tiempo, no se vuelven a ver inmediatamente, cada uno toma por su lado, o no se preocupa más que por aquellos que le interesan.

Turbación Espiritual:

En el momento de la muerte, todo es al principio confuso. El alma necesita algún tiempo para reconocerse, pues está como aturdida y en el mismo estado de un hombre que, despertándose de un sueño profundo, procura explicarse su situación. La lucidez de las ideas y la memoria del pasado le vuelven a medida que se extingue la influencia de la materia de la que se liberó y se disipe la especie de neblina que obscurece sus pensamientos
La duración de la turbación que sigue a la muerte del cuerpo varía mucho; puede ser de algunas horas, de muchos meses y hasta de muchos años. Es menos larga en las personas que desde su vida terrena se identificaron con su estado futuro, porque entonces comprenden inmediatamente su situación.

Preparación para la muerte:

Debemos destacar cuan importante es la preparación espiritual al avecinarse la desencarnación. La educación religiosa convencional tiene su valor y es mejor que la idea de sumergirse en "la nada". Pero, incluso las personas sinceramente religiosas encuentran "amplias dificultades" por la desinformación a la que están condenadas. No saben nada del "otro mundo" ni de los espíritus, además de estar impregnadas de nociones falsas y preconceptos, para no decir supersticiones. La muerte las atemoriza en general y si alguna tiene fe superior al miedo queda confusa esperando a demonios o ángeles.

El conocimiento seguro del espíritu, de las leyes eternas y de las condiciones de la Espiritualidad son las que garantizan al ""muerto"" una entrada tranquila en el mundo espiritual. Sucede algunas veces que personas religiosas y bien intencionadas pasan por grandes perturbaciones antes y después de la muerte por incomprensión e ignorancia, pues aunque posean méritos y asistencia espiritual no pueden aprovechar estas ventajas porque están llenos de miedos y no saben qué hacer en su favor.
No son pocos los que habiendo negado sistemáticamente la inmortalidad y la realidad espiritual, sumergidos en el materialismo y profundamente convencidos que después de la muerte viene la nada, el fin de todo, al desencarnar se sumergen en la nulidad: quedan inertes, paralizados por su propia negación, entorpecidos por su vacío de espiritualidad, paralíticos por cultivar la rigidez del pensamiento. Otra gran cantidad no logra abandonar sus hogares y trabajos, creyéndose vivos actúan como si lo fuesen. Otros por apego a la vida material, permanecen presos a sus cuerpos en descomposición, sufriendo con el trabajo de los microorganismos y gusanos. La asistencia de espíritus esclarecidos y benévolos no les falta, pero su recuperación es extremadamente lenta, teniendo en cuenta que desde el punto de vista espiritual se han sumergido voluntariamente en un estado de verdadera locura y parálisis mental.

El velorio y entierro tienen séquitos humano y espiritual.
La usual actitud de los vivos, que consiste en comer, beber, y conversar descuidadamente llega a tener serios inconvenientes, en ciertos casos. Asuntos obscenos y malévolos, anécdotas e historias reales poco dignas pueden evocar y atraer a participantes desencarnados, cuya presencia perturba al nuevo desencarnado. Además de que éste puede estar escuchando las conversaciones de los asistentes, con consecuencias igualmente amargas. La única actitud realmente capaz de ayudar al "muerto" es la del respeto acompañado de la oración. Esto es un alivio para él, que siempre está más o menos angustiado y un alivio para los demás. El séquito espiritual depende del nivel moral de la persona, así como de su actuación en la vida y sus compromisos asumidos; seremos buscados por los que sintonizan con nosotros, por nuestros amigos del espacio, por nuestros asociados o por aquellos que deseen ajustar viejas cuentas, todavía pendientes. Felizmente, hoy , los cadáveres son encaminados para el cementerio, reduciendo al velorio a unas pocas conversaciones rápidas y sin significado en general.


Tengamos Paz... cheers
Medite y reflexione.

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