Espiritismo Venezolano y sus Cortes
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Belleza o fealdad, ¿rasgos de la "angelitud" o "diabolismo"?

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Belleza o fealdad, ¿rasgos de la "angelitud" o "diabolismo"?

Mensaje por Alianza Naiguatá el Miér Ene 18, 2017 3:18 am

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Pese a la polémica existente hoy día en el seno espirita con relación al florecimiento de un espiritismo más orientado hacia la religión y el servicio al prójimo de lo que volcado al estudio empírico del fenómeno, me atrevo a colocar a continuación, la opinión (podría decir esclarecimiento) de Ramatís con respecto al interrogatorio que se le hizo con respecto a la finalidad y misión que tiene el espiritismo (doctrina kardeciana) desde su aparición y sincretización interreligiosa.
 
Aclaración: lo que leerá a continuación no es un determinante de directriz para la doctrina espirita (aclaratoria que hago a los espiritas ortodoxos decantados por la pureza doctrinaria) y puede tomarse como una opinión. No se admiten en el presente tema conductas proselitistas y sectarias orientadas a la difamación de este u otro autor de libros espiritas ni agresiones ideológicas dirigidas hacia adeptos de otras ideologías.
 
BELLEZA O FEALDAD, ¿RASGOS DE "ANGELITUD" O "DIABOLISMO"?
 
Pregunta: Por lo que habéis expuesto, estamos inclinados a creer que todos los hijos que nacen deformados, imbéciles, enfer­mos, feos o tontos, son almas delincuentes, mientras que todos los bellos, sanos y sabios son espíritus superiores. ¿No es así?
Ramatís: Tampoco en el Más Allá hay reglas sin excepción, pues muchas criaturas hermosísimas y fascinantes han sido en encarnaciones pasadas terribles criminales, perdularios, prostitu­tas, facinerosos, envenenadores crueles, parricidas y matricidas. La belleza física no es regla absoluta para comprobar la presencia de un espíritu superior en el mundo, pues Lucrecia Borgia y la emperatriz Teodora eran de una belleza atrayente; la primera fue despiadada envenenadora y la segunda una reina cruel. Mu­chas veces el adelanto y la sabiduría pueden esconderse en las criaturas feas, humilladas y de apariencia insignificante. La car­ne es el instrumento del espíritu, de la que se sirve muchas veces para experimentar su poder y su voluntad, estructurando su conciencia bajo la ley del libre albedrío y la conducta para la Ley del Karma, que ajusta vías peligrosas y le providencia las oportunidades para elevarse moralmente.
 
La belleza o fealdad, la riqueza o pobreza, la gloria o humi­llación en el mundo físico son parte de los pertrechos provisorios con que el espíritu se sirve para intentar su progreso y ampliar su conciencia sideral. Pero no representa su identidad espiritual específica, ni tampoco son conquistas definitivas. Esa es la causa por la que puede encontrarse entre los más afortunados y de configuración bellísima, los genios como los tontos, los buenos y los malos, y también los más imprudentes y atontados por las ilusiones de algunos instantes de goce, que imitan a las mariposas cuando se ciegan por el exceso de luz.
 
Aunque la criatura angélica del futuro deba ser hermosa, buenísima y sabia, de la cual Jesús era uno de los tipos más idea­les, muchísimos filósofos que consumieron sus existencias en favor de un derrotero moral superior en la Tierra nacieron sin cre­denciales físicas, como Sócrates, por ejemplo. La historia terrena señala a los bellos especímenes humanos, cuyos cuerpos apolíneos escondían almas diabólicas que sembraron el dolor, la desilusión y la degradación moral.
 
Hay que tener presente que la forma humana es provisoria y el camino de las expresiones es aún desconocido en la Tierra, siendo el espíritu el factor más importante, aunque invisible para los ojos carnales; realmente, es la expresión definitiva y sobre­viviente al organismo físico, que sólo sirve para la experimentación humana. La vestimenta de la carne y el ambiente privile­giado poco interesa cuando el espíritu es sabio y bueno. Casi siempre, las almas que en el pasado pecaron por exceso de belleza, que abusaron de las posiciones seductoras o fueron favorecidas con la fortuna, prefieren renacer feas y pobres, con el fin de vivir en situaciones humildes que mejor les apura la bondad y se liberan de tentaciones peligrosas que provocan la belleza, la fortuna y el prestigio.
 
Pregunta: En el mundo astral, la belleza de la forma en los seres que habitan ese plano, ¿no los identifican como almas su­periores?
Ramatís: En la Tierra, el cuerpo físico se conforma según sean los experimentos que ha de intentar el espíritu encarnado; en el mundo astral el periespíritu revela en esa sustancia quinta esenciada el contenido de su psiquismo. Son muy comunes las terribles decepciones después de la muerte del cuerpo físico, cuando muchas criaturas ven aflorar a la superficie de sí mismas las expresiones y contornos más grotescos y monstruosos después que se han desligado de los cuerpos bellos y atrayentes. Las falsas virtudes, el barniz de la ética social o la hipocresía religio­sa se pulverizan bajo el pase milagroso de magia, cuando el espíritu degradado se revela en el escenario del Más Allá, ex­poniendo al desnudo su conciencia y sufriendo la tremenda de­cepción de haberse engañado a sí misma. El cuerpo físico puede resultar agradable debido a su linaje ancestral biológico; en el Más Allá, lo bello es el sello de las almas bondadosas y sabias, porque es la forma real proyectada desde su intimidad espiritual. En la misma forma, las figuras teratológicas que pueblan el astral inferior y desafían al más osado Dante en su descripción, son los resultados exactos de la subversión espiritual, que muchas veces se oculta en la Tierra bajo el disfraz de un cuerpo her­moso y tentador. Muchos hombres encumbrados y mujeres seduc­toras penetran en el Más Allá de la sepultura conformando si­niestras figuras de horrendos brujos, que se asustan de sí mismos.
 
Pregunta: ¿Cuál es entonces el aspecto común de los hijos terrenales cuando son acreditados como espíritus superiores? ¿Serán siempre bellos o también feos?
Ramatís: En los hogares terrenos tanto pueden nacer hijos bellos y ser portadores de almas diabólicas, como hijos feos de almas angélicas. De la misma forma, no todas las precocidades infantiles confirman la sabiduría espiritual, porque la vivacidad y la ligereza de observación que puede exaltar a la criatura terre­na subliman algunas veces la astucia y el sofisma, que son las características del astral inferior. Pero, no hay dudas con respecto a lo siguiente: el hijo bueno siempre es de cualidad espi­ritual superior, mientras que el hijo malvado es la imagen de su alma detestable, tanto en el mundo físico como en el Espacio. Sobre este asunto no precisáis tener dudas, porque el sello prin­cipal que identifica el grado de elevación espiritual es la virtud que deriva del amor, y la bondad es uno de los más simpáticos aspectos de ese amor que, por otra parte, es el distintivo indiscu­tible del alma superior.
La bondad es una prolongación tierna del Amor, y éste es la marca divina con que Dios señaló la esencia de su obra. El espíritu bondadoso, rico o pobre, ignorante o sabio, es una flor amo­rosa en el jardín de la vida humana; siempre santifica el am­biente en donde vive y todos aquellos que lo hostilizan reciben un poco de su ternura y también su generoso perfume espiritual. Cuando nada parece salvar al hombre, lo salva la bondad, la benevolencia o el Amor. Como la sabiduría espiritual representa la razón divina, y el amor incondicional el sentimiento de los cielos, aquel que posee tales cualidades, realmente, es el ángel vencedor de todas las batallas y el sobreviviente de todas las metamorfosis de la vida humana.

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«Aparte del Espíritu protector ¿está unido un mal Espíritu a cada individuo, con miras a incitarlo al mal y darle ocasión de luchar entre el bien y el mal? 
- "Unido" no es la palabra exacta. Bien es verdad que los malos Espíritus tratan de desviar del camino recto al hombre cuando se les presenta la oportunidad: pero si uno de ellos se apega a un individuo, lo hace por determinación propia, porque espera que el hombre le haga caso. Entonces se desarrolla una lucha entre el bueno y el malo, y la victoria corresponderá a aquel cuyo dominio el individuo entregue»
Libro de los Espíritus, cuestión 511.
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