Espiritismo Venezolano y sus Cortes
Amigos no olviden conectarse y los visitantes aprovechen todas las ventajas del foro registrándose para poder ver la información en los foros privados, también los videos, los links, las galerías, participar en los sondeos y mucho más...
Últimos temas
Idioma / Language
Galería


De la prohibición de evocar a los muertos

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

De la prohibición de evocar a los muertos

Mensaje por Alianza Naiguatá el Mar Feb 28, 2017 1:36 am

DE LA PROHIBICIÓN DE EVOCAR A LOS MUERTOS

1.– La Iglesia no niega, absolutamente, el hecho de las manifestaciones; al contrario las admite todas, como se ha visto en las citas precedentes; pero las atribuye a la intervención exclusiva de los demonios. No hay razón para que algunos invoquen el Evangelio para impedirlas, porque el Evangelio de eso no dice ni una palabra. El supremo argumento de que se valen es la prohibición de Moisés. He aquí en que términos se expresa al respecto, la pastoral citada en los capítulos precedentes: 

"No es permitido ponerse en relación con ellos (los Espíritus) ya sea inmediatamente, ya por intermedio de aquellos que los evocan y los interrogan". La ley mosaica castigaba con la pena de muerte estas prácticas detestables, en uso entre los Gentiles. "No vayáis a consultar a los magos – está dicho en el libro Levítico – y no dirijáis a los adivinos ninguna pregunta, por miedo de quedar manchados dirigiéndoos a ellos." (Cap. XIX, v. 31) – "Si un hombre o una mujer tienen un Espíritu de Pitón o de adivinación, que sean castigados de muerte; serán lapidados y su sangre caerá sobre sus cabezas." (Cap. XX, V. 27) Y en el libro Deuteronomio: "Que no haya nadie entre vosotros que consulte a los adivinos, o que observe los sueños y los augurios, o que use maleficios, sortilegios y encantamientos o que consulte a los que tienen el Espíritu de Pitón y que practiquen la adivinación, o que interroguen a los muertos para saber la verdad; porque el Señor tiene en abominación todas estas cosas y destruirá, a vuestra llegada las naciones que cometan estos crímenes". (Capítulo XVIII, V. 10, 11 y 12).

2. – Es útil, para la comprensión del verdadero sentido de las palabras de Moisés, recordar el texto completo un poco abreviado en esta cita.

"No os apartéis de vuestro Dios, para ir a buscar a los magos y no consultéis a los adivinos, por miedo de mancharos, dirigiéndoos a ellos. Yo soy el Señor vuestro Dios". (Levítico, Cap. XIX, V. 31) "Si un hombre o una mujer tiene un Espíritu de Pitón, o un Espíritu de adivinación, que sean castigados de muerte; serán lapidados
y su sangre caerá sobre su cabeza". (Ídem, Cap. XX, V. 27) "Cuando hayáis entrado en el país que el Señor vuestro Dios os dará, tened mucho cuidado de no imitar las abominaciones de esos pueblos; y que no se encuentre nadie entre vosotros, que pretenda purificar a su hijo o a su hija haciéndolos pasar por el fuego, o que consulte a los adivinos, o que observe los sueños y los augurios, o que use maleficios, sortilegios y encantamientos, o que consulte a aquéllos que tienen el Espíritu de Pitón y que se entrometa en adivinar, o que interrogue a los muertos para saber la verdad. – Porque el Señor tiene en abominación todas estas cosas y exterminará todos esos pueblos a vuestra llegada, por causa de esas especies de crímenes que han cometido". (Deuteronomio, Cap. XVIII, v. 9, 10, 11 y 12).

3. – Si la ley de Moisés debe ser rigurosamente observada sobre este punto, debe serlo igualmente sobre todos los otros, pues, ¿por qué habría de ser buena en lo que concierne a las evocaciones y mala en otros puntos? Es preciso ser consecuente; si se reconoce que su ley no está en armonía con nuestras costumbres y nuestra época, para ciertas cosas, no hay razón para que no sea así en cuanto a la prohibición de que se trata.

Por otra parte, es preciso reportarse a los motivos que provocaron esta prohibición, motivos que tenían, entonces su razón de ser, pero que, seguramente, no existen más hoy (¿será?). El legislador hebreo quería que su pueblo rompiese con todas las costumbres adquiridas en Egipto, donde la de las evocaciones estaba en uso y era objeto de abusos, como lo prueban estas palabras de Isaías: "El Espíritu de Egipto se aniquilará en ella y yo derribaré su prudencia; ellos consultarán sus ídolos, sus adivinos, sus pitonisas y sus magos. (Cap. XIX v. 3).

Además, los israelitas no debían contraer ninguna alianza con las naciones extranjeras; pues iban a encontrar las mismas prácticas donde iban a entrar y las cuales debían combatir. Moisés debió, pues, por política, inspirar al pueblo hebreo aversión a todas las costumbres que por tener puntos de contacto se la hubieran asimilado. Para motivar esa aversión, era menester presentarlas como reprobadas por Dios mismo; por eso dice: "El Señor tiene en abominación todas estas cosas y destruirá a vuestra llegada las naciones que cometen esos crímenes".

4. – La prohibición de Moisés era tanto más justificada cuanto que no se evocaba a los muertos por respeto y afecto a ellos, ni con un sentimiento de piedad; era un medio de adivinación, con las mismas cualidades que los augurios y los presagios, explotados por el charlatanismo y por la superstición. Cualquier cosa que haya podido hacer, no consiguió desarraigar ese hábito que se convirtió en objeto de un tráfico, como lo prueban los pasajes siguientes del mismo profeta ya citado:

"Y cuando os dijeren: Consultad a los magos y a los adivinos, que hablan en secreto en sus encantamientos, respondedles: ¿Cada pueblo no consulta a su Dios? Y ¿se va a hablar a los muertos de lo que concierne a los vivos?" (Isaías, Cap. VIII, v. 19).

"Soy yo quien hago ver la falsedad de los prodigios de la magia, que vuelven insensatos a aquéllos que se entrometen en adivinar; que trastorna el espíritu de los sabios y que convence de locura su vana ciencia" (Cap. XLIV, v. 25).

"Que esos augures que estudian el cielo, que contemplan los astros y cuentan los meses, para sacar de estos las predicciones que quieren daros del futuro, vengan ahora y que os salven. Han venido a ser como la paja, el fuego les ha devorado; no podrán librar sus almas de las llamas ardientes; no quedará de su incendio ni carbones con los cuales pueda uno calentarse, ni fuego ante el cual pueda uno sentarse. He ahí lo que serán todas esas cosas a las cuales os habéis dedicado con tanto afán; esos mercaderes que han traficado con vosotros, desde vuestra juventud desaparecerán todos, el uno por un lado el otro por otro, sin que se encuentre entre ellos uno sólo que os saque de vuestros males". (Cap. XLVII, v. 13, 14 y 15.).

En ese capítulo, Isaías se dirige a los Babilonios, bajo la figura alegórica de "la virgen hija de Babilonia, hija de los Caldeos". Dice que los encantamientos no impedirán la ruina de su monarquía. En el capítulo siguiente se dirige directamente a los israelitas.

"Venid aquí, vosotros, hijos de un adivinador, raza de un hombre adúltero y de una mujer prostituida. ¿De quién os habéis divertido? ¿Contra quién habéis abierto la boca y lanzado vuestras lenguas penetrantes? ¿No sois hijos pérfidos y descendientes bastardos? – Vosotros que procuráis vuestro consuelo en vuestros dioses, bajo todos los árboles cargados de follaje, que sacrificáis a vuestros hijos pequeños en los torrentes, bajo las bocas salientes. Habéis puesto vuestra confianza en las piedras del torrente; habéis derramado licores para honrarlas; les habéis ofrecido sacrificios. Después de esto, ¿mi indignación no se inflamará? (Cap. LVII, v. 3, 4, 5 y 6.).

"Habéis derramado licores, para honrarlas, les habéis ofrecido sacrificios. ¿Después de esto, mi indignación no se inflamará?" (cap. LVII, v. 3, 4, 5 y 6). Estas palabras no dejan duda. Prueban claramente que en aquel tiempo las evocaciones tenían por objeto la adivinación y que se comerciaba con ellas. Estaban asociadas a las prácticas de la magia y de la hechicería, y aún acompañadas de sacrificios humanos. Moisés tenía, pues, razón en prohibir esas cosas y en decir que Dios las tenía en abominación. Hasta la Edad Media se perpetuaron estas prácticas supersticiosas. Pero hoy la razón les hace justicia, y el Espiritismo ha venido a demostrar el fin exclusivamente moral, consolador y religioso de las relaciones de ultratumba. Desde luego que los espiritistas no sacrifican los niños y no derraman licores para honrar a los dioses; que no preguntan ni a los astros, ni a los muertos, ni a los augures para conocer el porvenir que Dios ha ocultado sabiamente a los hombres; que repudian todo tráfico de la facultad que algunos han recibido de comunicar con los espíritus. Que no son movidos por la curiosidad ni por la concupiscencia, sino por un sentimiento piadoso y por el único deseo de instruirse, de mejorarse, y de aliviar a las almas que sufren.

La prohibición de Moisés no les concierne de ningún modo. Esto es lo que habrían visto los que la invocan contra ellos si hubieran profundizado mejor el sentido de las palabras bíblicas. Habrían reconocido que no existe ninguna analogía entre lo que pasaba entre los hebreos y los principios del Espiritismo. Además, el Espiritismo condena precisamente lo que motivaba la prohibición de Moisés. Mas cegados por el deseo de encontrar un argumento contra las nuevas ideas, no han advertido que este argumento es completamente falso. La ley civil de nuestros días castiga todos los abusos que quería reprimir Moisés. Si Moisés pronunció el último suplicio contra los delincuentes, es porque necesitaba medios rigurosos para gobernar aquel pueblo indisciplinado. Así es que la pena de muerte se halla muy prodigada en la legislación. Por lo demás, no tenía mucho que escoger en los medios de represión. Faltaban cárceles, casas de corrección en el desierto, y la naturaleza de su pueblo no era para ceder al temor de las penas puramente disciplinarias. No podía graduar su penalidad como se hace en nuestros días. Es, pues, una equivocación apoyarse en la severidad del castigo, para probar el grado de culpabilidad de la evocación de los muertos. ¿Sería necesario, por respeto a la de Moisés, mantener la pena capital para todos los casos en que la aplicaba? Por otra parte, ¿por qué se recuerda con tanta insistencia este artículo, cuando se pasa en el silencio el principio del capítulo, que prohíbe a los sacerdotes poseer los bienes de la tierra, y no tener parte en ninguna herencia porque el mismo Señor es su herencia? (Deuteronomio, cap. XVIII, v. 1 y 2).

5. – Hay dos partes distintas en la ley de Moisés: la ley de Dios propiamente dicha, promulgada sobre el monte Sinaí, y la civil o disciplinaria, apropiada a las costumbres y al carácter del pueblo. La una es invariable, la otra se modifica según los tiempos, y no puede ocurrírsele a nadie que pudiésemos ser gobernados por los mismos medios que los hebreos en el desierto, así como las Capitulares de Carlomagno no podrían aplicarse a la Francia del siglo XIX. ¿Quién pensaría, por ejemplo, en aplicar hoy este artículo de la ley mosaica?: "Si un buey da una cornada a un hombre o a una mujer que muere de ella, el buey será apedreado y no se comerá de su carne. Pero el dueño del buey será juzgado inocente" (Éxodo, Cap. XXI, v. 28 y SS.).

6. – A esto se opone que todas las leyes de Moisés son dictadas en nombre de Dios, como las de Sinaí. Si se las juzga todas de origen divino, ¿por qué los mandamientos están limitados al Decálogo? Es porque se ha hecho diferencia. Si todas dimanan de Dios, todas son igualmente obligatorias. ¿Porqué no se observan todas? ¿Por qué, entre otras, no se ha conservado la circuncisión que Jesús sufrió y que no abolió? Se olvida que todos los legisladores antiguos, para dar más autoridad a sus leyes, dijeron que las recibieron de una divinidad. Moisés, más que ningún otro, tenía necesidad de este apoyo, en razón del carácter de su pueblo. Si a pesar de esto tuvo tanto trabajo en hacerse obedecer, éste hubiera sido mayor si las hubiese promulgado en nombre propio. ¿No vino Jesús a modificar la ley mosaica, y no es su ley el código de los cristianos? ¿No ha dicho: "Habréis aprendido que ha sido dicho a los antiguos tal y cual cosa, y yo os digo otra"?, ¿Pero ha tocado la ley del Sinaí? De ningún modo. La sanciona, y toda su doctrina moral no es más que desenvolvimiento de aquélla. Pero en ninguna parte habla de la prohibición de evocar a los muertos. Ésta era una cuestión bastante grave, sin embargo, para que la hubiese omitido en sus instrucciones, cuando ha tratado otras más secundarias.

7. – En resumen, se trata de saber si la iglesia sobrepone la ley mosaica a la ley evangélica. O de otro modo, si es más judía que cristiana. Es digno de observar que de todas las religiones, la que ha hecho menos oposición al Espiritismo es la judía, y no ha invocado contra las relaciones con los muertos la ley de Moisés, en la que se apoyan las sectas cristianas.

8. – Otra contradicción: si Moisés prohibió evocar los espíritus de los muertos, es señal que los tales espíritus pueden venir, pues de otro modo su prohibición era inútil. Si podían venir en su tiempo, lo pueden aún hoy: si son los espíritus de los muertos, no son exclusivamente los demonios. Por lo demás, Moisés no habla de ninguna manera de estos últimos. Es, pues, evidente que nadie puede lógicamente apoyarse en la ley de Moisés, en esta circunstancia, por el doble motivo de que no rige en el cristianismo, y de que no es apropiada a las costumbres de nuestra época. Pero aun suponiéndole toda la autoridad que algunos le conceden, no puede, según hemos visto, aplicarse al Espiritismo.

Moisés, es verdad, comprende en su prohibición el que se interrogue a los muertos. Pero esto no es más que de un modo secundario y como accesorio a las prácticas de la hechicería. La misma palabra interrogar, puesta al lado de los adivinos y de los augures, prueba que entre los hebreos las evocaciones eran un medio de adivinación. Pero los espiritistas no evocan a los muertos para obtener revelaciones ilícitas, sino para recibir de ellos sabios consejos y procurar el alivio de los que sufren. Ciertamente si los hebreos no se hubiesen servido de las comunicaciones de ultratumba sino para ese fin, lejos de prohibirlas, Moisés las habría fomentado, porque ellas hubieran hecho a su pueblo más morigerado.

9. – Si ha sido del gusto de algunos críticos jocosos o mal intencionados presentar las reuniones espiritistas como asambleas de brujos y de nigrománticos, y los médiums como decidores de la buena ventura. Si algunos charlatanes mezclan este nombre con prácticas ridículas, que desaprueba el Espiritismo, bastantes gentes saben a qué atenerse sobre el carácter esencialmente moral y grave de las reuniones del Espiritismo serio. La doctrina, escrita para todo el mundo, protesta bastante contra los abusos de todas clases, para que la calumnia recaiga sobre quien lo merece.

10. – La evocación, se dice, es una falta de respeto a los muertos, cuyas cenizas no deben ser removidas. ¿Quién dice esto? Los adversarios de los dos campos opuestos que se dan la mano: los incrédulos que no creen en las almas, y los que creyendo en ellas pretenden que no pueden venir, y que sólo el demonio se presenta. Cuando la evocación se hace religiosamente y con respeto. Cuando los espíritus son llamados, no por curiosidad, sino por un sentimiento de afecto y de simpatía y con el deseo sincero de instruirse y de hacerse mejores, no se comprende qué sería más irreverente, si llamar a las gentes después de su muerte o durante su vida. Pero hay otra respuesta perentoria a esta objeción, esto es, que los espíritus vienen libremente y no obligados; que también vienen espontáneamente sin ser llamados; que manifiestan su satisfacción en comunicarse con los hombres y se quejan a menudo del olvido en que se les deja a veces. Si fueran turbados en su quietud o estuviesen descontentos de nuestro llamamiento, lo dirían o no vendrían. Puesto que son libres, cuando vienen es porque esto les place.

11. – Se alega esta otra razón. Las almas, se dice, permanecen en la morada que les ha señalado la justicia de Dios, esto es, en el infierno o en el paraíso. Las que están en el infierno no pueden salir de éste, aunque a los demonios se les deje en libertad. Las que están en el paraíso se hallan ocupadas enteramente en su beatitud. Están muy por encima de los mortales para ocuparse de ellos y muy dichosas para volver a esta Tierra de miserias a interesarse por los parientes y amigos que han dejado en ella. ¿Son, pues, como esos ricos que apartan la vista de los pobres por temor de que su miseria no les altere la digestión? Si fuera así, serían poco dignas de la dicha suprema, que vendría a ser el premio del egoísmo. Quedan las que están en el purgatorio. Pero éstas se hallan sufriendo y tienen que pensar, en su salvación antes que todo. Así pues, si ni unas ni otras pueden venir, sólo el diablo podrá hacerlo en su lugar. Si no pueden venir, no hay, pues, temor de que se altere su reposo.

12. – Pero aquí se presenta otro inconveniente. Si las almas que están en la beatitud no pueden dejar su morada afortunada para venir en socorro de los mortales, ¿por qué invoca la iglesia la asistencia de los santos, que deben gozar de la más grande suma posible de beatitud?, ¿Por qué dice a los fieles que les invoquen en las enfermedades, en las aflicciones y para preservarse de las calamidades? ¿Por qué, según ella, los santos, la misma Virgen, vienen a mostrarse a los hombres y a hacer milagros? Dejan, pues, el cielo para venir a la Tierra. Si los que están en lo más alto de los cielos pueden dejarle, ¿por qué no podrán hacerlo los que están menos elevados?

13. – Que los incrédulos nieguen la manifestación de las almas, se concibe, puesto que no creen en el alma. Pero lo que es extraño es ver a aquellos cuyas creencias se apoyan sobre su existencia y su porvenir, encarnizarse contra los medios de probar que existe y esforzarse en demostrar que eso es imposible. Parecía natural, al contrario, que los que tienen más interés en su existencia debiesen acoger con alegría, y como un beneficio de la Providencia, los medios de confundir a los negadores con pruebas irrecusables, puesto que éstos son los que niegan la religión. Deploran sin cesar la invasión de la incredulidad que diezma el redil de los fieles, y cuando el más poderoso medio de combatirla se presenta, lo rechazan con más obstinación que los mismos incrédulos, pues cuando las pruebas rebosan hasta el punto de no dejar ninguna duda, se recurre como argumento supremo a la prohibición de ocuparse de ellas. Y para justificarla, se aduce un artículo de la ley de Moisés en el cual nadie pensaba, y donde se quiere, a la fuerza, ver una aplicación que no existe. Se conceptúa tan feliz este descubrimiento, que no han sabido ver en él una justificación de la doctrina espiritista.

14. – Todos los motivos alegados contra las relaciones con los espíritus no pueden resistir un examen serio del encarnizamiento que se despliega. Puede inferirse que esta cuestión presenta un gran interés, pues de no ser así no se insistiría tanto en ella. Al ver esta cruzada de todos los cultos contra las manifestaciones, se diría que les tienen miedo. El verdadero motivo podría muy bien ser el temor de que los espíritus, demasiado perspicaces, no viniesen a ilustrar a los hombres sobre los puntos que se quieren dejar en la oscuridad, y a hacerles conocer de fijo lo que hay en el otro mundo y las verdaderas condiciones para ser en él dichosos o desgraciados. Por esto, lo mismo que se dice a un niño "no vayas allí, que hay un duende", se dice a los hombres: "No llaméis a los espíritus, pues son el diablo". Pero sus trabajos tendrá, porque si se prohíbe a los hombres llamar a los espíritus, no se impedirá a los espíritus que vengan a los hombres a sacar la lámpara de debajo del celemín. El culto que está en la verdad absoluta no tiene que temer nada de la luz, porque la luz hará resaltar la verdad, y el demonio no podrá prevalecer contra ella.

15. – Rechazar las comunicaciones de ultratumba es rechazar el poderoso medio de instrucción que resulta de la iniciación en la vida futura, y de los ejemplos que ellas nos suministran. La experiencia nos enseña, además, el bien que se puede hacer a los espíritus imperfectos apartándoles del mal, ayudando a los que sufren a desprenderse de la materia y a mejorarse. Prohibir, pues, dichas comunicaciones es privar a las almas desgraciadas de la asistencia que podemos darles. Las siguientes palabras de un espíritu resumen admirablemente las consecuencias de la evocación practicada con un fin caritativo.

"Cada espíritu doliente y lastimero os contará la causa de su caída, los motivos que le han arrastrado a sucumbir. Os dirá sus esperanzas, sus combates, sus terrores. Os dirá sus remordimientos, sus dolores, sus desesperaciones. Os mostrará a Dios justamente irritado, castigando al culpable con toda la severidad de su justicia. Escuchándoles os conmoveréis y os atormentaréis por vosotros mismos. Siguiéndoles en sus lamentos veréis a Dios no perdiéndole de vista esperando el pecador arrepentido, tendiéndole los brazos tan pronto como traten de adelantar. Veréis los progresos del culpable, a los cuales habréis tenido la dicha y la gloria de haber contribuido, los seguiréis con afán, como el cirujano sigue los progresos de la herida que cura diariamente" (Burdeos, 1861).

_________________
«Aparte del Espíritu protector ¿está unido un mal Espíritu a cada individuo, con miras a incitarlo al mal y darle ocasión de luchar entre el bien y el mal? 
- "Unido" no es la palabra exacta. Bien es verdad que los malos Espíritus tratan de desviar del camino recto al hombre cuando se les presenta la oportunidad: pero si uno de ellos se apega a un individuo, lo hace por determinación propia, porque espera que el hombre le haga caso. Entonces se desarrolla una lucha entre el bueno y el malo, y la victoria corresponderá a aquel cuyo dominio el individuo entregue»
Libro de los Espíritus, cuestión 511.
avatar
Alianza Naiguatá
Moderador
Moderador

Cantidad de envíos : 3872
Localización : Zulia
Edad : 33

Masculino

Fecha de inscripción : 03/03/2012

http://forosdelavirgen.org/

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.