Espiritismo Venezolano y sus Cortes
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[ACTUALIZADO] Pérdida prematura de los hijos

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[ACTUALIZADO] Pérdida prematura de los hijos

Mensaje por Alianza Naiguatá el Dom Ene 15, 2017 3:13 pm

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Pese a la polémica existente hoy día en el seno espirita con relación al florecimiento de un espiritismo más orientado hacia la religión y el servicio al prójimo de lo que volcado al estudio empírico del fenómeno, me atrevo a colocar a continuación, la opinión (podría decir esclarecimiento) de Ramatís con respecto al interrogatorio que se le hizo con respecto a la finalidad y misión que tiene el espiritismo (doctrina kardeciana) desde su aparición y sincretización interreligiosa.
 
Aclaración: lo que leerá a continuación no es un determinante de directriz para la doctrina espirita (aclaratoria que hago a los espiritas ortodoxos decantados por la pureza doctrinaria) y puede tomarse como una opinión. No se admiten en el presente tema conductas proselitistas y sectarias orientadas a la difamación de este u otro autor de libros espiritas ni agresiones ideológicas dirigidas hacia adeptos de otras ideologías.
 
PÉRDIDA PREMATURA DE LOS HIJOS
 
Pregunta: Cuando un espíritu reencarna con una prueba dolorosa desde la cuna, sus padres también indirectamente su­fren.   ¿Qué causa justifica ese penar de los padres?
Ramatís: No hay injusticia ni punición inmerecida cuando tal cosa sucede, pues tanto los padres como el reencarnante están ligados por las mismas culpas y débitos asumidos en el pasado. La Ley Kármica es muy justa y en su ecuanimidad sólo reúne en pruebas rectificadoras semejantes, aquellos que son culpables de alguna insania espiritual. ¡Cuántas veces los padres de hoy son los responsables por los crímenes cometidos en el pasado, sobre aquellos que después reencarnan como sus hijos! Entonces deben cumplir severa obligación de elevarlos moral y espiritualmente, amparándolos para que alcancen condiciones superiores. De la misma forma, innumerables hijos participan de las pruebas dolorosas de sus padres y se encuentran vinculados por débitos semejantes. En los hogares terrenos es muy común que los ver­dugos y las víctimas se ajusten espiritualmente, adheridos a los mismos intereses y necesidades. Las viejas cadenas de odio ata­das en el pasado comienzan a desatarse bajo la unión consan­guínea de la familia terrena.
 
Pregunta: ¿Y en los casos en dónde los hijos desencarnan prematuramente, no causan dolores injustos a sus padres?
Ramatís: Cuando el espíritu regresa prematuramente al as­tral, no es para que los padres sufran dolores calculados por la Ley del Karma; sucede por un acuerdo espiritual en donde se establece, que el alma deberá desencarnar temprano en la Tierra; por eso nace en el hogar de aquellos, que por deudas pasadas deberán perder el hijo en tierna edad, ya sea por desencarnación prematura  o  porque fueron  responsables de situaciones  semejantes.
 
Pregunta: ¿Actuando de esa manera, la Ley del Karma re­presenta punición, perfectamente encuadrada en el concepto del "ojo por ojo y diente por diente"; no es verdad?
Ramatís: Hay equívocos en vuestra interpretación, porque el principal motivo del sufrimiento o pago kármico de las criaturas terrenas, siempre es por falta de Amor y porque aún predomina la dureza en sus corazones. El papel de la Ley Kármica en su principal función, no es la de punir los delitos de los espíritus, por encima de todo, es desarrollar el sentimiento del amor que se encuentra en forma embrionaria en la mayoría de los hombres. El sentido rectificador de la Ley del Karma es de naturaleza moral y no penal.

Los padres que sufren el dolor de perder a sus hijos en edad infantil, se explica, que sean castigados por haber sido negligen­tes con otros descendientes en el pasado; en verdad, se encuen­tran comprometidos y se someten a un proceso de técnica sideral que les rectifica los impulsos psíquicos destructores, avivando el sentimiento amoroso adormecido en el seno de su alma. En ese caso, la implacabilidad de la Ley actúa bajo el concepto que "cada uno ha de recoger conforme a lo que siembra", en vez de aplicar el concepto draconiano del "ojo por ojo y diente por diente". Se rectifica el "motivo" que generó el pecado en la exis­tencia pasada por falta de amor. Gracias a esa terapéutica dolorosa, desencarnan prematuramente los hijos de padres culpables en el pasado y se activa en éstos, espontáneamente, la razón de un nuevo amor que aun teniendo comienzo en un efecto egoísta se ha de enternecer bajo los dolores agudos de la recordación de los seres queridos que parten más tempranamente.
 
Pregunta: ¿Aquéllos que sufren el dolor inconsolable de per­der a sus hijos en tierna edad, son aquéllos que deliberadamente los destruyeron en otras vidas, debiendo soportar ahora esas prue­bas atroces?
Ramatís: No todos los que pierden sus hijos en temprana edad destruyeron a otros descendientes en el pasado. Esas prue­bas dolorosas y rectificadoras del espíritu, se subordinan al grado de sentimiento amoroso que precisa desarrollarse en los padres de acuerdo a su mayor o menor sentimiento egocéntrico. Es un proceso que activa y apura en el receso del alma, el amor hacia los hijos y que en el pasado fuera muy descuidado. Varían las formas de los delitos y en consecuencia, también varían las prue­bas futuras en lo tocante a la pérdida prematura de los hijos.
 
Pregunta: ¿Nos podéis explicar algunas de esas formas de delitos, a que os referisteis?
Ramatís: Os explicaremos; pero insistiremos en deciros nue­vamente que si tales delitos sentencian kármicamente a los cul­pables a futuras pérdidas de hijos, eso no indica que haya deter­minación punitiva por parte de la Ley del Karma, sólo es un proceso técnico espiritual y rápidamente eficiente que hace ma­nifestar en el espíritu indiferente el sentimiento de amor que aún le falta.
 
Esos delitos pueden consumarse por diversas causas, entre ellas, el aborto voluntario, los operaciones quirúrgicas provocadas para huir a la responsabilidad de procrear, la despreocupación odiosa en la enfermedad de los hijos detestados, la crueldad en el castigo excesivo, la donación innecesaria de los hijos por indi­ferencia, por comodidad o preconceptos sociales por negligencia al dejarlos sucumbir por falta de asistencia o amparo. Sin duda, que el mayor delito es el de matar al hijo a propósito, como su­cede entre muchas mujeres infelices, algunas de las cuales lo hacen por miedo de enfrentar la maledicencia del mundo y otras, por una invencible aversión kármica hacia el espíritu adversario del pasado que se amparó en sus entrañas.
 
Indiscutiblemente, todos los delitos que enunciamos, identi­fican y comprueban que se cometen por falta de amor de sus autores, pues si hubiesen tenido despierto ese sentimiento sublime, ninguno de esos delitos se habría consumado aunque exigiese la vida propia el realizarlos.
 
Es suficiente un rápido examen para verificar, que si hubiese comprensión amorosa del sentido que su vida en la carne también se la deben a otros seres que los precedieron en el camino, pero que fueron dominados por la tierra disposición de crear. Si hu­bieran pensado así no sólo habrían evitado las terribles expiacio­nes en el Más Allá de la tumba, sino, que aún se librarían de las terribles amarguras que les espera en vidas futuras, cuando se inclinen sobre el cajón mortuorio del hijo amado que parte prematuramente.
 
Pregunta: Se nos ocurre reflexionar, que esos delitos men­cionados parecen referirse exclusivamente a la responsabilidad materna. ¿Entonces, cuál es la culpa del padre, cuando está sometido a pruebas tan dolorosas como la pérdida prematura de sus hijos?
Ramatís: Dentro del mecanismo perfecto de la Ley del Karma, el esposo que es sometido a la prueba angustiosa de la pérdida prematura de los hijos, obviamente responde por motivos que pueden encuadrarse en los siguientes delitos del pasado: que indujo a su compañera al aborto, al infanticidio o a la operación "anticonceptiva"; abandonó a la familia y a los hijos, librándose de la responsabilidad paterna o los torturó cruelmente por haber presentido que encarnó algún adversario espiritual. Es justo, por lo tanto, que un padre en tales condiciones deba someterse en lo futuro a la prueba dolorosa de verse privado de sus descen­dientes, los que desearía crear y al no verse correspondido des­pertará el sentimiento del amor y sensibilizará también el corazón.
 
Pregunta: ¿El sufrimiento de los padres pecaminosos, en las existencias futuras, se iguala a la naturaleza de sus delitos practicados en las vidas anteriores?
Ramatís: No podemos detallar todos los recursos de que se sirve la Ley del Karma en su aplicación metódica para elevar el padrón espiritual de los seres; pero podemos afirmar, que la "siembra es libre, pero la cosecha es obligatoria". El proceso kármico de rectificación espiritual, es severo y siempre se des­arrolla atendiendo a la justa necesidad de renovación espiritual, y no como una venganza o cólera de Dios que castiga a los culpables.
 
Vosotros sabéis perfectamente, que un hombre bueno, en un momento de cólera impensada comete un homicidio, la Ley lo trata con más indulgencia que al hombre malo o asesino profe­sional. El primero requiere un proceso compulsorio más doloroso, para que la sensibilidad de su conciencia le permita meditar sobre el crimen y purgarse con el hierro candente del remordimiento. En el segundo caso, está curtido por los crímenes y es incapaz de ejercer la "autocrítica" acusadora o poseer el remordimiento purificador, y ha de exigir un plano de dolores más atroces para lograr despertar las fibras de su corazón endurecido.
 
De la misma forma, los delitos cometidos en el pasado por los padres culpables, aunque a veces sean iguales en su origen y acción, pueden variar las condiciones del pago futuro. La madre que mata al hijo en un momento de locura por no poder eludir la miseria insidiosa, de modo alguno será tratada por la Ley Kármica, que es justa y sabia, de la misma forma a la mujer que mata al fruto de su carne porque teme a la maledicencia, el sacrificio social del nombre o porque no desea abdicar de los placeres del mundo.
 
Pregunta: ¿Cuándo los progenitores culpables son sometidos a la prueba dolorosa de perder a sus hijos queridos, de qué modo se les desenvolverá el amor que no tenían en el pasado?
Ramatís: Despertar el potencial de amor en los padres delin­cuentes de otrora, se produce en la esfera principal del psiquismo, pues el dolor producido por la pérdida del hijo querido se trans­forma en una divina fuerza centrípeta, que concentra y apura todas las vibraciones dolorosas en el crisol depurador del espí­ritu. Bajo la envoltura de los cuerpos físicos permanece el alma inmortal, cuya memoria etérica se engrandece v se sublima por el amor v el heroísmo en las vidas humanas. Todas las equivocaciones del pasado se rectifican bajo el estilete del sufrimiento dirigido por la pedagogía sideral.
 
En cada existencia, el espíritu es abatido por las inclemencias de las vicisitudes morales y los sufrimientos físicos; más la re­novación sidérea interior no siempre resulta conforme a los acon­tecimientos trágicos ocurridos en el escenario físico. El castigo corporal, la aislación en la cárcel y el comentario acerbo de la prensa diaria, no consiguen abatir el cinismo y despertar el su­frimiento moral en el delincuente empedernido; la más simple duda de honradez sobre un hombre justo, lo hace sufrir desesperadamente. Lo mismo sucede con el efecto de las pruebas kármicas de los padres culpables en el pasado; para algunos, la simple imposibilidad de concebir un hijo ansiado significa una profunda tortura; para otros, la tragedia dantesca que se cierne sobre el hogar y destruye hasta la familia que de modo alguno les conmueve en su dureza, ni activa el amor que aún está pe­trificado por el pasado de ignominia.
 
He ahí porqué la Técnica Sideral acostumbra a emplear mé­todos de la más alta eficiencia correctiva y conforme a la psico­logía y al grado de sensibilidad psíquica de los espíritus culpables, provocando exclusivamente la eclosión del sentimiento amoroso que les falta y no de acuerdo al delito cometido en el pasado, si no fuera así, podríais acusar a la Divinidad de crueldad con sus hijos, pues estaría actuando bajo la Ley del "ojo por ojo y diente por diente". En ese caso, sería punida la cantidad del crimen y sacrificada la cualidad del sentimiento de amor que debería existir en el alma delincuente.
 
De ahí emana el hecho, que un mismo tipo de crimen puede revelar psicologías criminales diferentes y hasta opuestas, aunque dos crímenes se parezcan en su forma, pudiendo variar la apli­cación del proceso de rectificación espiritual. Mientras la mon­taña de piedra requiere una poderosa carga de dinamita para quebrarse, para hacer la estatua es suficiente el trabajo lento e incisivo del cincel. Así relativamente, la Ley del Karma también actúa sobre las almas culpables por los delitos semejantes, en­caminándolos hacia sufrimientos cruciales pues aún se encuen­tran petrificados por la impiedad, necesitando una terapéutica rectificadora más acerba, pero también impone un programa dolo­roso, aunque más suave a los corazones sensibles que fueron víctimas de su emotividad traicionera.

Por lo tanto, la madre criminal que mató por piedad, deses­peración o miseria, aunque pueda sufrir en lo futuro la prueba de los hijos enfermos, los verá sobrevivir sin el dolor de perderlos prematuramente; mientras tanto, aquélla que los mata por odio o por huir de la responsabilidad materna, aunque sea una falta semejante, requiere en el futuro la rectificación por el dolor, causada por la separación del hijo querido.
 
Pregunta: Apreciaríamos que nos dieseis un ejemplo más concreto, para valorar mejor, cómo se desenvuelve ese amor en los padres que son probados por haber matado o abandonado a sus hijos en vidas pasadas.
Ramatís: Para mayor claridad del asunto, reduzcamos los delitos a una sola forma y veamos cuáles son sus probables con­secuencias kármicas futuras. Supongamos el caso de un padre, que en vidas pasadas repudió a su hijo porque era feísimo, deformado, enfermizo o de raciocinio perturbado. Delante de la Ley Kármica, ese padre demostró que estaba incapacitado al punto de despreciar al alma atribulada que vino a suplicar am­paro en su hogar terrestre, para soportar su más terrible prueba de humillación física. Si en su corazón existiese la más diminuta forma de afecto o piedad, es evidente que se hubiera apiadado del infeliz descendiente, prodigándole el cariño y las atenciones más exigibles porque era víctima de una lesión corporal.
 
Bajo las directrices de la Ley Kármica de rectificación espi­ritual, ese padre delincuente es un necesitado de cuidados espiri­tuales; no sólo por haber repudiado a su hijo infeliz, sino, porque aún no sabe amar. Y si el principal objetivo de su vida espiritual es desenvolver el amor adormecido en el receso de su alma, la Ley establece el plan del fallecimiento prematuro del futuro hijo sano y hermoso, que por tener esa cualidad, ha de ser egoístamente amado en la próxima existencia.
 
Pregunta: ¿Cómo será inducido ese padre para que ame a su hijo futuro, si en su alma persiste la misma falta de amor que padecía en el pasado?
Ramatís: La Técnica Espiritual sabe actuar con extrema sabiduría y aprovecha el potencial adormecido en las almas culpables, sirviéndose de recursos eficientes, aunque dolorosos, que actúan como verdaderos "excitantes" o "multiplicadores" de fre­cuencia amorosa aún deficiente. En base de haber pecado por el desprecio y repudio hacia el hijo indeseable, feo, deforme, enfer­mo o débil mental, la Ley lo ajusta con otro hijo sano, bello o sumamente inteligente —con una corta encarnación— que se vuel­ve su incesante motivo de pasión y goce egoísta. Feliz y enva­necido por ser el blanco de la admiración ajena, pero ignorante de las futuras pruebas dolorosas que lo esperan, se deja fanatizar por la adoración incontrolada.
 
Algunos padres viven casi exclusivamente alrededor de su diosecito del mundo. Todo eso no deja de ser pasión egocén­trica y vanidosa, generada por la imagen agradable de la carne que tuvo forma feliz; poco a poco se han de ir cambiando las emociones en los corazones de los padres en falta; la Ley los somete a los climas más emotivos y contradictorios, intercalándoles fases de alegría y de angustia, ventura y miedo. La simple premonición de cualquier enfermedad en su querido descendien­te, es bastante para entristecer sus almas; las enfermedades cons­titucionales de la infancia acumulan dolores y preocupaciones. Entonces, el hijo adorado de aquel hombre de nuestro ejemplo, nacido hace poco tiempo, bello, sano o inteligente, se vuelve el motivo de incesante tranquilidad y sirve para apurar la sensibi­lidad amorosa que comienza a despertarse en el padre y también empieza a vivir escenas, exactamente opuestas a las del pasado.
 
Antes se alegraba por la simple idea, que un accidente trágico o una enfermedad irreparable pudiese aniquilar a su hijo repudia­do, por haber nacido feo, enfermo, débil o deformado. La espe­ranza que sustentaba en el pasado de ver morir pronto a su hijo perturbado, porque significa una profunda humillación para los esposos, delante de otros progenitores felices, se transforma en esta existencia, en un ardiente deseo, para que sobreviva a cual­quier costo el descendiente perfecto y gloria de la familia.
 
Sometiendo a las almas delincuentes del pasado a procesos de profundidad espiritual, la Ley Kármica, de causa y efecto, consigue extraer de la veta del corazón, el precioso mineral, que es el amor. Al comienzo, el filón del amor será explotado por la vanidad, interés y egoísmo, después se sublima en la ternura, en el sacrificio y en la renuncia, demostrando que la Divinidad posee recursos para lograr el objetivo deseado. Los padres cul­pables invierten el sentido de sus pasiones reprimidas en el pasado por el despecho de la deformidad de los hijos, para terminar interiormente fascinados por sus descendientes, que más tarde exaltan las tradiciones de la familia o provocan la admiración ajena. Se abandonan efusivamente a un amor delirante, mez­clando la vanidad con los extremos de ternura y orgullo con la adoración. Sucede justamente, el reverso de lo que le sucedía en el pasado cuando se encontraba delante del hijo lesionado por el destino, y hacía todo lo posible por molestarlo y expulsarlo de su presencia, terminando por apartarlo en la frialdad de los orfanatos, la impiedad de los tutores sádicos o de las madrinas histéricas.
 
Pregunta: ¿Podemos suponer, que después de ese experimen­to rectificador, proporcionado por la Ley, los corazones de esos progenitores se encontrarán suficientemente desarrollados, para que más tarde amen a otros hijos menos agraciados por la naturaleza?
Ramatís: A pesar de tanto júbilo y emotividad a flor de piel hacia los hijos, no es posible decir que consiguieran la debida compensación en la falta de amor que los hizo delinquir en el pasado.
 
Es verdad, que aun siendo una pasión activa por la confi­guración carnal y las dotes excepcionales del feliz bebé, ya se comprueba que germina el sentimiento, que en el futuro hará surgir el amor en sus corazones recalcitrantes. Mientras tanto, no tienen derecho al goce completo en la existencia rectificadora, porque sería un flagrante error por parte de la Ley, como si ella premiase a los culpables, y la muerte extendiera sus alas lúgubres y cortara la vida del hijo adorado, casi siempre, cuando el júbilo de la familia es más intenso. Es obvio describiros el dolor intenso y el sufrimiento atroz que padecen esos corazones, heridos por la supuesta impiedad de Dios, que les roba el hijo querido.
 
Su muerte, puede provocar acerbas blasfemias contra el Crea­dor; tal vez calle por largo tiempo la alegría de la madre herida en lo íntimo del corazón, mientras que el padre se deja dominar por la rebeldía sistemática contra todos los dictámenes de la vida religiosa o revelaciones espirituales. Pero la Ley Kármica, en su infinita sabiduría, siempre logra el éxito de sensibilizar los corazones indiferentes en el pasado, preparándolos con rigor, para convertirlos en tiernos y amorosos para otros efectos futuros. La recordación que aún los envuelve, causada por la partida del ente querido, continuará manteniéndoles viva la imagen del hijo que contribuyó como un verdadero "detonador" del amor, que se encontraba adormecido en la frialdad de las almas que lo adoraban.
 
Pregunta: ¿Ese amor, sólo puede despertarse a través de los hijos bellos, sanos e inteligentes, que más tarde desencarnan para avivar los sentimientos paternales adormecidos?
Ramatís: No debéis olvidar, que no estamos ajustando al ejemplo de un padre, que debido al abandono de su hijo defor­mado, débil mental o adversario espiritual, requería la terapéutica rectificadora de perder prematuramente otro hijo, bello, sano o inteligente. La ley dispone de diversos recursos para incentivar a los padres delictuosos y despertar el amor latente en sus almas, sin necesidad de someterlos exclusivamente a la prueba de per­der los hijos bellos o sanos. El espacio exiguo de esta obra no nos permite analizar la multiplicidad de acciones y reacciones de "causa y efecto", que se aplican bajo la visión sabia de los Men­tores Siderales cuando precisan promover la rectificación espiritual de los diversos delitos de padres comprometidos con los hijos en encarnaciones anteriores.
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ACTUALIZACIÓN
 
Pregunta: Cuando los padres sufren la pérdida prematura de sus hijos bellos y sanos, al ser heridos violentamente en su amor egocéntrico por esa transición brusca de la alegría a la terrible desesperación, ¿no contribuye a agravar la proverbial falta de amor, resultando una franca rebeldía o aversión a la finalidad divina de procrear?
Ramatís: Sólo el dolor en su intensa manifestación consigue influenciar a los corazones indiferentes o a las almas atrofiadas por el exceso de goce o bienestar. La pasión egocéntrica expuesta en potencial, que se interpone por la pérdida del hijo querido, no se pierde en los padres, porque la ley de la vida les impone una incesante superación a todos los fracasos, sufrimientos o vicisi­tudes humanas. Aun cuando las almas se entreguen a la degra­dación completa, viven procurando alcanzar compensaciones venturosas; realmente, les falta capacidad para adquirir la posición perdida, aquella que los impulsaba a cometer peligrosos desatinos contra sí mismas, mientras poseen la ilusión enfermiza que de esa forma se desagravian en público... En lo íntimo de cada ser se activa el deseo ardiente de poder recuperarse y renovar las esperanzas frustradas.
 
Por eso, los padres endeudados con la Ley que pierden al hijo adorado —como no pueden eliminar la pasión o el sentimiento nuevo originado— ven renacer las esperanzas en la única tera­péutica capaz de aminorarles el dolor acerbo, que será el adve­nimiento de otro hijo. Sus aspiraciones convergen hacia la imagen de otro ser que pueda sustituir al desaparecido y, a su vez, que les proporcione las mismas alegrías y admiraciones desvanecidas anteriormente. Debilitadas las recordaciones dramáticas de la desencarnación prematura del primer hijo, la sugestión superior se encargará de despertar en los padres desconsolados el deseo de un nuevo descendiente.
 
Todo eso contribuye para que el nuevo descendiente en­cuentre ambiente más propicio para sus manifestaciones, aunque no revele las credenciales del primer hijo. Aunque no posea la belleza o la inteligencia del anterior, siempre ha de ser un huésped bienvenido, porque en la intimidad de los corazones lacerados de los padres permanece la ansiedad de cualquier compensación que pueda aminorarles el dolor inconsolable.
 
Aquellos que no logran la gracia de otro hijo para amenguar los recuerdos, se conforman con extender su afecto a otros hijos ajenos, buscándolos en los orfanatos en una amorosa compen­sación.
 
Pregunta: Ese hijo bello e inteligente que desencarnó prematuramente, ¿no podría ser el hijo feo, deformado o imbécil que fuera repudiado otras veces?
Ramatís: Los padres que sufren la prueba kármica de perder prematuramente a sus hijos, no indica el que hayan sido esposos en otras encarnaciones. La ley puede haberlos reunido a causa de delitos y pruebas kármicas semejantes. El padre que repudió al hijo, que por su culpa terminó rápidamente su existencia carnal entre la miseria del mundo, en otra encarnación pudo ser el esposo de otra mujer, que por haber practicado el infanticidio debe sufrir la prueba de perder uno o más hijos. Pero aquellos que en el pasado fueron amantes o esposos responsables por la muerte del hijo deformado, enfermizo o imbécil, no precisan ser probados por medio del mismo espíritu que expulsaron ante­riormente.
 
Conforme ya os aclaramos, puede nacer de esos padres otra entidad sana, bella o sabia, que desencarnando a tierna edad los empuje aún más al amor y la recordación debido a su cuerpo carnal más atrayente; lo que importa a la Ley del Karma es la acción y el resultado rectificador, no la naturaleza de los agentes que provocan ese despertar amoroso.
 
Pregunta: ¿Qué obstáculo puede haber para que el espíritu repudiado anteriormente retorne al mundo en otra existencia y sirva como instrumento de ajuste kármico para los padres culpables?
Ramatís: El mismo aforismo que dice: "la naturaleza no da saltos", podría aplicarse al proceso de ascensión espiritual, pues ésta tampoco se efectúa a saltos improvisados. Aunque hayamos dicho que no siempre la criatura pobre, simple y humilde es un alma inferior, conviene saber que aquel que nace deformado o imbécil está soportando la prueba severa de una rectificación espiritual, maniatado por la Ley que subvirtió en el pasado. Casi siempre es el adversario más feroz de los padres que viene a rogarles hospedaje carnal; en su interior, las pasiones y la agre­sividad pueden estar amordazadas en el andrajoso de carnes enfermas, en las formas del imbécil o en el descontrolado por la alienación mental. En general, si se le concediese completa liber­tad a tal espíritu para dirigir incondicionalmente un organismo atrayente y sano, debido a su inmadurez psíquica no tardaría en cometer los mismos desatinos, crueldades y torpezas del pasado.
 
Bajo tales condiciones sería demasiado inmadura la reencar­nación en situación de ser bello, sabio o tener libertad de acción, contrario a lo que la Ley buscaba como rectificación para asegu­rar el éxito de la prueba espiritual posterior de los padres cul­pables. Tampoco le sería posible al alma delincuente efectuar a corto plazo una renovación espiritual tan milagrosa, en una se­gunda prueba kármica con aspecto angélico, pues la ascensión sideral se hace por etapas distintas y con lentas modificaciones que no violenten el padrón psíquico. Comúnmente el alma invierte más de un milenio para sólo apurar una virtud loable, como la resignación, la honestidad o la simplicidad. Dentro del concepto popular de que el "vaso ruin no se quiebra", el espíritu que desencarna prematuramente, exceptuando accidentes técnicos del astral o de la Tierra, es una entidad elevada y con vida breve en la carne, mientras el que enfrenta una larga existencia, en general, es portador de los defectos comunes de la humanidad.
 
Pregunta: ¿Se ha comprobado que ciertos padres culpables son probados con la pérdida de sus hijos, pero es posible que al­gunos espíritus acepten el sacrificio de morir en la infancia para ser instrumentos de esa prueba?
Ramatís: ¡Volvemos a advertiros que la Ley Kármica ajusta pero no castiga! Tampoco crea hechos delictuosos o acontecimien­tos deliberadamente odiosos para que se rectifiquen las almas de­lincuentes. Sería un profundo desmentido a la Sabiduría y Jus­ticia de Dios, si para realizar la prueba del sufrimiento kármico hubiera necesidad de preparar instrumentos de prueba, así como en vuestro mundo se preparan las personas para provocar los escándalos públicos. No se justificaría que en el mundo espiritual, de la más alta sabiduría de la vida, se decidiera que la respon­sabilidad exclusiva de las almas culpables dependiese de los sacrificios ajenos para su efectuación. La Ley Kármica actúa dentro de un ritmo irreductible, en donde una "acción" produce igual "reacción", o sea, una determinada causa tiene idéntico efecto. El espíritu que debe desencarnar prematuramente como hijo de padres culpables, con el fin de despertarles con más vehemencia el amor aún acrisolado en lo íntimo del corazón, casi siempre es una entidad de inteligencia precoz, bondadosa y de sabiduría innata o capaz de desarrollar genes de los ascendientes hereditarios para un físico bello y atrayente.
 
Cuántas veces la sabiduría popular identifica al ser angélico bajo el dicho que dice: "criatura que no se cría, no es de este mundo". No siempre la profecía es verídica, pues algunas cria­turas presienten que esos hermosos, tiernos y sabios espíritus evo­lucionados, cuya reencarnación es un recurso más de la técnica astral, necesitan un plazo corto de vida humana para descargar en la carne instintiva los últimos tóxicos de magnetismo inferior que aún les pesa en la contextura de sus túnicas resplandecientes. Son espíritus que descienden a la materia en un rápido vuelo, como si fueran aeronautas siderales que completan sus horas en el cuerpo físico, con el fin de promoverse al comando superior en los páramos de luz y felicidad eterna.
 
La Ley del Karma, en su inteligente mecanismo benefactor espiritual, los aprovecha y se sirve de su belleza, sabiduría y bon­dad angelical como recursos para despertar la ternura o una pasión preliminar que pueda sensibilizar el corazón de los padres que pecaron por falta de amor. Más tarde, los padres culpables y sensibilizados por la partida prematura del hijo querido pro­crean un nuevo cuerpo y retoman nuevas esperanzas amorosas, y la Ley se encarga de reponerles en ese clima más favorable del hogar el viejo adversario que fue repudiado en el pasado. Aunque retorne con la mente anormal y la configuración menos bella— haciendo sentir a sus progenitores la dolorosa diferencia con el hijo excepcional que partió prematuramente—, encontrará cabida definitiva, porque existe un vacío profundo en los corazones de los padres, que claman por cualquier substituto cordial.
 
Pregunta: Creemos, según vuestras consideraciones, que todos los hijos bellos, sanos, buenos y sabios debieran desencarnar prematuramente porque vienen a este mundo para el sufrimiento de sus padres —culpables en el pasado— y por ser espíritus que cumplen con su última encarnación. ¿Hemos comprendido bien?
Ramatís: Nuestras consideraciones no son absolutas, como no hay reglas sin excepción. No todas las criaturas bellas, buenas, sanas y sabias son espíritus que descienden a la materia para su última encarnación, como no todos los padres de criaturas hermosas e inteligentes están sometidos a la prueba de sufrir la pérdida prematura de los hijos queridos. ¡Jesús fue bello, sabio y bueno, mas sobrevivió hasta los treinta y tres años, y no se encarnó en el mundo físico para descargar cualquier tipo de saldo de magnetismo inferior! María de Nazaret y Lucrecia Borgia deslumbraron al mundo desde la infancia por la hermosura de sus semblantes; sin embargo, sin que nadie sospechase de esos destinos tan diferentes, la primera fue la madre del salvador de los hombres, y la segunda el pote de pasión que sembraba veneno.
 
Sucede que en edad temprana tanto desencarnan las criaturas bellas como las feas, las inteligentes o las retardadas, las amorosas y las crueles, pues la muerte es como una espada de Damocles suspendida sobre vuestras cabezas que os amenaza desde el pri­mer gemido en la vida física. Es una condición permanente del mundo en que vivís, como factor necesario para la transforma­ción del medio material, en donde las fuerzas más brutas ame­nazan continuamente la existencia de las cosas más frágiles.
 
Los seres vivos permanecen en continuo desgaste, ya sea por un proceso de enfermedad u otro cualquiera, y el fenómeno de la muerte es una "transformación" que acaece con las energías del mundo físico. La muerte, analizada desde la Tierra, os parece un caso tétrico y desesperante, que interrumpe el goce insulso de las cosas materiales y rompe los lazos egocéntricos de la fami­lia. Mientras tanto, ese mismo acontecimiento cuando se examina desde aquí, modifica completamente su forma lúgubre, porque representa la "divina puerta" que la Bondad del Padre entreabre para que el alma regrese a su casa amiga, a su verdadero hogar espiritual, donde realmente se trabaja por la Ventura definitiva.
 
He ahí el porqué de la desencarnación de los hijos y del sufrimiento de los padres, que no debe encararse en forma tan desesperada, ya que la muerte no termina con el espíritu, pero lo libera de la materia a la que se encontraba incómodamente ligado. Lo que importa, en realidad, es la modificación que debe acaecer en su contenido espiritual, aunque los hijos desencarnen prema­turamente o permanezcan encarnados hasta la vejez. Para la Ley del Karma la muerte no es un recurso punitivo, es un proceso técnico, usado como un sistema de perfeccionamiento espiritual. Mientras que algunos padres mejoran su psiquismo por haber desarrollado el sentimiento del amor que les faltaba en el pasado y gozan con la sobrevivencia de los hijos adversarios hasta la madurez física, otros sólo consiguen esa mejoría sufriendo la muerte prematura de los hijos queridos. Pero es innegable que la desencarnación funciona como simple recurso de control en el tiempo y en el espacio de las existencias humanas, bastante alejado de cualquier tipo de expresión que se le quiera atribuir definitivamente.
 
Pregunta: Aun delante de vuestras amplias aclaraciones, no podemos apartar la idea de una acción inexorable y algo punitiva por parte de la Ley Kármica, con relación a los procesos reden­tores de los padres en falta.
Ramatís: Es probable que no suceda debido a que suponéis que la Ley del Karma es un mecanismo inexorable de "culpa" y "pago". Desde un principio es necesario comprender que el mun­do terreno es un admirable laboratorio para los ensayos de la química espiritual, en donde se respeta la voluntad y el libre albedrío de las criaturas a pesar de sus contradicciones con el orden evolutivo de la vida espiritual manifestada en la materia. Conviene que no generalicéis el asunto tratado, pues existen si­tuaciones sacrificiales y expiatorias aparentemente idénticas, pero son de origen completamente opuesto.
 
Hay casos en que los esposos se ven en el duro trance de los hijos teratológicos, porque también fueron responsables de sus crueles desgracias, tocándole soportar ahora la terrible prueba de reparación kármica. Sin embargo, en esas mismas condiciones de infelicidad pueden encontrarse almas buenísimas y abnegadas, sin culpas en el pasado, pero que en voluntaria misión de amor y sacrificio concuerdan en hacerse padres de espíritus delincuen­tes, con la intuición de ampararlos piadosamente en sus pruebas dolorosas, evitando que se sumerjan definitivamente en las tinieblas de las abyecciones y rebeldías. En el primer caso, se trata de una rectificación espiritual impuesta compulsivamente por la ley de la "cosecha obligatoria"; en el segundo, es el sacrificio espontáneo aceptado por almas en flor, que se dejan inspirar por el divino concepto del "amaos los unos a los otros" del su­blime Jesús.
 
De la misma forma, no todos los espíritus superiores se en­carnan para una muerte prematura y consecuente prueba de los padres, como no todos los desheredados de la suerte sucumben prematuramente. De igual forma, no todas las desencarnaciones prematuras son expiaciones deliberadamente kármicas para sus progenitores, pues antes de la reencarnación ciertas almas aceptan la incumbencia dolorosa de generar un cuerpo físico, destinado a un espíritu amigo, que necesita poco tiempo de vida física para completar el término de sus reencarnaciones. Es evidente que esos padres han de sufrir intenso dolor por la ausencia del hijo querido, muerto prematuramente, sin que por eso pague culpas pasadas. Si estuviesen absolutamente seguros del acuerdo espi­ritual "pre-encarnatorio" no sufrirían tan acerbadamente y acepta­rían la muerte física como una breve ausencia del espíritu, que fuera su hijo carnal.
 
En el futuro, cuando el terráqueo sea merecedor de la bene­volencia y la dádiva sideral, la vida humana será considerada como un estacionamiento, tan común en la Tierra, como se con­sideran las "becas" de estudio en el extranjero. La mayoría en­tonces se despedirá de la vida física como si fuera un viajante que finaliza su recorrido y tiene que tomar el tren que lo llevará a su punto de partida.
 
He ahí por qué no debéis generalizar lo que decimos, pero hay que comprender que siempre hay un motivo justo y lógico que puede explicar todos los acontecimientos raros o dolorosos de la vida humana, sin que se desmienta la implacable justicia de Dios.
 
Pregunta: Creemos, debido a la enseñanza de las religiones dogmáticas, que el dolor y el sufrimiento son los castigos gene­rados por los pecados cometidos en este "valle de lágrimas"; pen­samos que las situaciones incómodas para el espíritu encarnado han de ser pruebas expiatorias e indiscutibles deudas del pasado.
Ramatís: De ser así la existencia humana sería un automatis­mo constante. ¿Jesús tuvo que matar algún adversario en el pasado para ser punido con la muerte en la cruz? ¿Encarceló o traicionó a inocentes discípulos para que se justifiquen los chicotazos que recibió, o porque fue negado por Pedro y traicionado por Judas? Esa creencia insensata sólo os conducirá a una profunda confusión para comprender las verdaderas fina­lidades de la vida terráquea. Ésta, como dijéramos anterior­mente, es un laboratorio planetario destinado a la eclosión de las energías del espíritu, a través de la invitación instintiva de la carne, y no ese compungido "valle de lágrimas" preparado adrede por la fantasía melodramática de las sectas religiosas.
 
Aunque consideréis como dolores y sufrimientos las fases de los distintos estacionamientos del proceso kármico, que trans­forma animales en ángeles, no tiene carácter de punición o de venganza por las faltas cometidas por el hombre en ésta o en encarnaciones pasadas. Esos dolores y sufrimientos, como etapas de perfeccionamiento progresivo, conducen las formas brutas hacia las más elevadas expresiones de belleza espiritual. El cami­no de los nuevos aspectos y la adquisición de la conciencia futura comienzan cuando la piedra se desgasta a través del dolor mi­neral; la vegetación despierta con el dolor vegetal, a causa de la poda o el injerto; el animal progresa por el dolor carnal, sensi­bilizándose bajo los impulsos del instinto, y el hombre, cuando se libera de las pasiones degradantes.
 
Es innegable que sois dueños de vuestra voluntad o libre albedrío, pudiendo practicar vuestras acciones en beneficio o perjuicio de la colectividad, pero es necesario que recordéis que la Ley del reajustamiento y del equilibrio ascensional del espí­ritu interviene inmediatamente ni bien os extralimitáis en vues­tras acciones, resultando las consecuencias perjudiciales para el próximo y una franca desarmonía con la ética evolutiva. La sabiduría popular antigua, segura que la constante y eficaz pre­sencia de la Ley Kármica, por detrás de cualquier acontecimiento inevitable o trágico, prefería curvarse humildemente a la resig­nada convicción de que "Dios siempre sabe lo que hace". Esta seguridad también debiera participar de vuestras convicciones espirituales, pues no hay duda que una cosa es imposible de evitar, y es que en el Cosmos todo debe alcanzar, ineludible­mente, la felicidad.
 
Pregunta: Conocemos a determinadas personas, que después de haber perdido a sus hijos, hace años, siguen sin consuelo, como el primer día, sin lograr otro aliciente. ¿Merece censura ese afecto inconsolable, que parece comprobar un inagotable amor en los padres? Si la Ley del Karma es tan severa para aque­llos que descuidan los deberes afectivos con sus descendientes, ¿por qué los que tanto aman son tan infortunados? ¿En esa si­tuación la Ley no es injusta?
Ramatís: Basándose en que el espíritu es la única realidad en los caminos planetarios y que sobrevive eternamente a las innumerables desintegraciones de los cuerpos que ocupó, la igno­rancia de esa realidad es al que produce el sufrimiento prolon­gado, motivado por la separación provisoria. En consecuencia, la solución del problema afectivo no reside en destruir ese "des­consuelo", pero sí en aclarar rápidamente su situación, precisando liberarse de su ignorancia espiritual y conocer las finalidades de la verdadera vida del espíritu.
 
No nos cabe censurar a los padres que lloran largamente la muerte física de sus queridos descendientes, pero es evidente que si comprendiesen los objetivos superiores del alma, en modo alguno proseguirían en esa actitud de profundo egoísmo y dis­conformidad con respecto a las directrices de la Sabiduría Divina. Indudablemente que no siempre pueden llorar al espíritu del hijo amigo, pues si ignoran la realidad reencarnatoria también desconocen que, en muchos casos, pueden estar llorando desconsoladamente al terrible verdugo del pasado, por el solo hecho de haber heredado por breve tiempo un cuerpo en el seno de su hogar. Es probable que si conociesen la terrible verdad que los hace llorar inconsoladamente, cesaría de inmediato el sufri­miento por una criatura espiritual que, en realidad, hasta les podría ser detestable.
 
Pregunta: ¿Cómo podemos comprobar si hay egoísmo en ese sufrimiento acerbo cuando los padres sufren la pérdida del hijo?
Ramatís: Hay criaturas muy beneficiadas por la fortuna, que se dedican egoístamente a su único retoño porque éste es carne de su carne y sangre de su sangre. Mientras tanto, ese apego enfermizo puede significarles la futura decepción en el Más Allá, cuando verifiquen que en el hijo de su humilde cocinera o en el niño que detestaban en la vecindad es donde realmente vivía el espíritu más querido en el pasado, mientras que el hijo adorado, que fuera rodeado de los más fantasiosos caprichos, habitaba el alma adversaria, cruel y despiadada.
 
Hay criaturas que cuando pierden a un hijo el mundo se les torna indiferente; inconsolables, se apartan de los atractivos de la vida, se recogen melancólicamente en un estado de inactividad emotiva e inútil, cultivando su desdicha personal aunque conti­núen rodeados de la colectividad terrena sufriente y necesitada de toda clase de cooperación. Algunos se sumergen definitiva­mente en la caparazón de su vida egoísta, celosos de la felicidad ajena y considerando al mundo como responsable de la muerte del hijo querido.
 
Los más recalcitrantes pierden la sensibilidad espiritual y el sentido de vivir cristianamente, olvidándose de la pobreza de los hijos ajenos o de la aflicción de otras madres, prefiriendo levantar un fastuoso mausoleo en la tierra fría del cementerio, transfor­mándolo en un templo definitivo hacia el culto enfermo de la muerte, inclinándose melancólicamente junto al cadáver del hijo en desintegración. Cuántas veces, junto a esas almas herméticamente encerradas en sí mismas hemos visto al muerto gritarles en el auge de la angustia: "Basta, padres míos. No fuercen mi presencia espiritual junto a mi cadáver. Cultiven mi memoria sirviendo, amando y socorriendo a otros hijos de madres desdi­chadas, que me puedan sustituir en vuestros corazones".
 
Mientras lloran la separación del cuerpo condenado a la pu­trefacción, esos infelices progenitores olvidan los sufrimientos y las angustias que suceden a pocos metros de los palacios enlu­tados, cuando madres desesperadas claman por ropa y pan, con el fin de que su prole pueda sobrevivir. Se llenan los orfanatos y los asilos de criaturas abandonadas, mientras que por los ce­menterios anti higiénicos padres y madres circulan en silenciosa rebelión contra el mundo, creyendo que su dolor personal y su caso particular debe considerarse en las proporciones de un drama universal.
En vez de sustituir al hijo que fue mimado y tratado con lujo exagerado, con atenciones indebidas, que desencarnó bajo el ritmo justo de la ley de recuperación espiritual, debieran cultivar su memoria por la dádiva del vestir, alimentar y llevar el socorro al hogar de los hijos sin padre y sin madre, que se contentarían con las sobras de las mesas abundantes; esos padres prefieren aferrarse al culto enfermizo de su dolor inconformable y reve­renciar el recuerdo de la carne perecible.
 
Pregunta: Creemos que el sufrimiento prolongado de los padres por consecuencia de la falta de ese ente querido no es fruto exclusivo del egoísmo, pero sí debido a su sensibilidad afectiva. Además, ¿cómo se podría amar intensamente al hijo ajeno cuando la vida no permite siquiera que se ame al propio hijo?
Ramatís: El verdadero amor es aquel que os despierta un estado de simpatía espiritual, o sea, un estado en que sentís en vosotros mismos el sufrimiento y las necesidades que ocurren en otros seres infelices. He ahí el secreto de los grandes amantes de la humanidad, como Francisco de Asís, Buda, Krisna o Jesús. Mientras el amor paterno y materno se dedican exclusivamente a la carne de los hijos que procrean, estad seguros que los padres serán candidatos a sucesivas decepciones en los mundos físicos y astrales. Lo manifestamos así para que cuando regreséis al mundo espiritual también disminuyan un poco vuestras terribles desilusiones y también conoceréis el verdadero significado de muchas contradicciones humanas registradas en la Tierra en nom­bre del amor, de la bondad, de la honestidad o de la renuncia.
 
No hay fundamento sensato en llorar ininterrumpidamente a los hijos desencarnados, cuando ellos no pasan de ser imágenes de carne en incesante transformación cotidiana. Es suficiente el transcurso de algunos años del calendario terráqueo para que los descendientes regordetes se vuelvan diferentes a las figuras que son expuestas en el álbum de fotografías de la familia. Mi­raos vosotros mismos en el espejo doméstico, y lo que veis en­frente ¿por ventura aún sois aquel rosado bebé de carne viva que hace algunos años se agitaba en la cuna, festejado ruidosa­mente por los parientes satisfechos? ¿Seríais capaces de recono­ceros si un espejo mágico os mostrara el rostro macilento del futuro viejo, apoyado en el bastón que os ampara los pasos debi­litados? ¿Quién sois, al fin? "¿Quiénes son mis hermanos, mi padre y mi madre?", preguntó Jesús en un instante de gran lucidez espiritual.
 
En realidad, las figuras humanas son imágenes en continua metamorfosis, que  envejecen y  se  deforman apresuradamente. Surgen en cunas de seda o entre montones de trapos, crecen, se fatigan, caen y terminan en el melancólico silencio de la sepul­tura terrestre. Cuántas ilusiones guarda el alma al llorar incon­solablemente en el recuerdo enfermizo por la imagen provisoria de aquel que partió temprano, cuando el verdadero afecto debe dirigirse al espíritu, que es inmortal, cada vez más consciente de sí mismo y que existe más allá del espacio y del tiempo.
 
Pregunta: Sucede que nosotros centramos todo nuestro afec­to en la figura humana, y cuando desaparece nos falta el apoyo emotivo en donde basamos nuestros más altos sentimientos, ya bastante despiertos. ¿No es verdad que ése es el proceso natural de la evolución espiritual?
Ramatís: Es evidente que si estáis esclavizados en los caminos virtuales del mundo ilusorio no podéis alcanzar la realidad defi­nitiva del espíritu, que requiere decisión y coraje para la deseada liberación de la materia.
 
El padre o la madre que después de diez años aún desespera por la muerte del hijo, olvida en su ceguera espiritual que si ese hijo aún estuviese vivo no sería exactamente la imagen que aún llora, pues habría de ser otro el aspecto, porque en su fisonomía se produciría el cambio inexorable por el pasar de los años. En verdad, si el hijo estuviese vivo sería diez años más viejo. Tam­bién sería más gordo o enfermo, dócil o cruel, bueno o vicioso, soltero o casado. Bajo cualquier hipótesis, ese padre o esa madre inconsolable continúan llorando la imagen falsa, obsesionados por una idea fija en la retina de su mente, tal como sucede en la proyección cinematográfica, finalizado el film, del cual sólo queda el recuerdo de lo observado.
 
Sucede también que en el cumplimiento común de la vida humana es mayor el porcentaje de los espíritus adversarios, ver­dugos y víctimas que se reencarnan cotidianamente para formar familias consanguíneas, y es mucho menor el número de almas amigas que renacen ligadas por simpatías del pasado. Bajo nues­tros conocimientos espirituales sabemos que muchos hijos e hijas, cuya muerte es llorada algunos años después por padres incon­solables, si aún estuviesen encarnados habrían sido terribles ver­dugos de sus progenitores, pues eran espíritus despiadados, que bajo la Ley del Karma habían comenzado los primeros ensayos de aproximación espiritual con sus víctimas.
 
Debido a la ignorancia espiritual, las criaturas no pueden convencerse que su más cruel enemigo del pasado puede habitar el cuerpo del hijo sonriente, y es natural entonces que atraviesen algunos lustros cargando pesimismo y vertiendo lágrimas de aflicción.
 
Bajo tal confusión espiritual, aún es muy difícil que un padre ame al hijo ajeno, pues su figura física difiere mucho de la estética carnal de la familia egoísta, para la cual los hijos no pasan de ser lindas colecciones de cuerpos bonitos, plasmados bajo el sello de parientes consanguíneos, a lo que se apegan faná­ticamente en el culto peligroso de la carne provisoria.
 
Cuando el espíritu del hombre comprenda la realidad de la vida espiritual y se disponga a enjugar las lágrimas ajenas, sin observar las formas de sus cuerpos o los lazos consanguíneos, con toda razón también se avergonzará de sus lágrimas melodramá­ticas. Comúnmente la sensibilidad humana se rige por el signi­ficativo y contradictorio sentimentalismo, mientras que algunos padres consideran la muerte de sus hijos como un acontecimiento digno de espanto en el Cosmos, mientras que la noticia de millares de criaturas que se ahogan en las inundaciones de la India o en la China no deja de ser para ellos una simple noticia diaria. Bajo tan falso sentimentalismo, raros son los que se disponen a amar la carne de otra carne y la sangre de otra sangre.


Última edición por Alianza Naiguatá el Miér Ene 18, 2017 6:07 pm, editado 2 veces (Razón : Fragmento faltante)

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«Aparte del Espíritu protector ¿está unido un mal Espíritu a cada individuo, con miras a incitarlo al mal y darle ocasión de luchar entre el bien y el mal? 
- "Unido" no es la palabra exacta. Bien es verdad que los malos Espíritus tratan de desviar del camino recto al hombre cuando se les presenta la oportunidad: pero si uno de ellos se apega a un individuo, lo hace por determinación propia, porque espera que el hombre le haga caso. Entonces se desarrolla una lucha entre el bueno y el malo, y la victoria corresponderá a aquel cuyo dominio el individuo entregue»
Libro de los Espíritus, cuestión 511.
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